Por JAMES MOORE

El pasado 2 de octubre Colombia cumplió un año del hecho que sorprendió al mundo entero: Los acuerdos de paz entre el gobierno Santos y las FARC fueron derrotados, fueron negados en las urnas a través del voto popular de los colombianos. Múltiples fueron las razones por las que la voluntad de las mayorías le declaró la negativa a esos acuerdos, gesto que la gente poco avisada en el resto del planeta no pudo entenderle a los colombianos. Las inmediatas explicaciones del gobierno Santos quizás sí fueron comprendidas por el resto de la humanidad, aunque no tuvieran sustentos que los validaran –ni en lo jurídico ni en lo político- respecto de la realidad colombiana. Basta con recordar que el señor Santos se dedicó en Colombia y en cualquier lugar del orbe a donde fuera, a señalar, con obcecada retahíla, que el culpable de su descalabro era su antecesor, Álvaro Uribe, quien le había mentido al pueblo colombiano respecto de sus acuerdos habaneros, con lo que, de paso, señaló a la mayoría de sus  connacionales,  a sus gobernados, como ingenuos y tontos… sin embargo esa mentira sí caló en los medios internacionales y también le sirvió para tenderle un espeso velo a la grave trampa que Santos le hizo a la Constitución, a la ley, a la verdad y a la mayoría popular, cuando después de recibir las observaciones y exigencias que le plantearon los diferentes y diversos líderes políticos que representaban a los ganadores del plebiscito –no de manera única Álvaro Uribe- simplemente maquilló, de consuno con las FARC, algunas frases del acuerdo inicial, y todo lo demás lo dejó tal como lo había rechazado, en ejercicio de sus derechos constitucionales y democráticos, la mayoría de los colombianos.

Después de semejantes actos, observados bobaliconamente por los mandatarios y pueblos del mundo, y atolondrados por el sorpresivo hecho de que un pueblo que estaba por cumplir 60 años de luchas fratricidas, negara los tan publicitados acuerdos de La Habana; esos mandatarios y pueblos jamás pudieron percatarse de que la mayoría de esos acuerdos lo único que hacían, hacen y harán, es premiar a los más grandes criminales y narcotraficantes en la historia de Colombia. Tampoco vieron, no ven y quizás nunca vean que los millones de víctimas de los crímenes atroces y de Lesa Humanidad, no recibirán jamás una indemnización, una satisfacción, o una restitución que palíen en algo los daños y perjuicios infligidos por las tenebrosas FARC que hoy dicen llamarse “partido político”, pues los acuerdos de “paz” convenidos y firmados entre el gobierno Santos y las FARC resultaron ser en exceso obsequiosos  para quienes han delinquido y destruido el país por más de medio siglo, y despreciativos hacia los otros cincuenta millones de colombianos, de manera muy especial por todos los desequilibrios hacia las víctimas. Por su parte Santos aún hoy se pavonea, donde quiera que vaya, blandiendo la propaganda de una falsa paz en Colombia, cuando  a la fecha un notable porcentaje de las FARC ha entrado en disidencia y rechaza los falaces y regalones arreglos de La Habana. El asunto es tan grave y delicado, que hoy ya se conocen 12 focos rebeldes de las FARC, a lo largo y ancho del país, que dicen de palabra y obra no aceptar los arreglos de La Habana, según informes de inteligencia militar. Eso no sólo lo preveía, sino que lo sabía de antemano el pueblo colombiano cuando votó negativamente los acuerdos iniciales, pues la mayoría sabía que una cosa es lo que firmaban los líderes subversivos y, otra muy diferente lo que en adelante harían. Que una cosa es decir que los viejos y cansados capataces de las cuadrillas guerrilleras vayan a hacer política muy arrellenados en las curules del congreso que Santos y sus áulicos les  brindarán en bandeja de plata, y otra muy diferente que esa colectividad vaya a renunciar en verdad al uso de las armas, porque estas les garantizarán un rápido acceso al poder integral que siempre han buscado; además del poderoso sustento que seguirán recibiendo a través de las ingentes millonadas de dólares que les produce el narcotráfico y que de ninguna forma van a abandonar, porque, además de representar el sustento más importante para mantener e incrementar el poder político, tienen compromisos muy importantes con los socios político-comerciales, como los líderes mafiosos del gobierno de Venezuela, entre otros. Todos esos hechos no hacen sino enviarle un grave y dañino mensaje a los ciudadanos que hoy conforman las huestes de la pobreza que las FARC ayudaron a formar en Colombia de manera exponencial, mediante toda clase de acosos, amenazas, persecuciones, despojos y desplazamientos, para empujarlos hacia las ciudades,   para que pasaran a conformar incontables cordones de miseria en las centros urbanos del país, a la espera del estallido social con que las FARC  siempre soñaron comandar al pueblo contra las oligarquías y la vida burguesa antes de cumplir medio siglo de crímenes y baños de sangre. Pero las FARC nunca pensaron ni calcularon que una gran mayoría de esas víctimas desplazadas, despojadas y acosadas, jamás olvidarían quienes fueron sus verdaderos victimarios, los causantes de sus desplazamientos y empobrecimientos,  y los motores de sus destierros, sin contar con las decenas de miles de personas que prefirieron o se vieron forzados a levantarse en contra de las guerrillas y sus auxiliadores, sumándose a los tenebrosos cuadros armados de los grupos paramilitares. En los  presentes días, mientras el señor Santos acude a todas las estrategias posibles para terminar de satisfacer los compromisos adquiridos con los líderes de las FARC antes de su salida del gobierno; los citados focos disidentes, junto con la guerrilla del ELN, además del resucitado EPL, y otros grupos recién nacidos en gracia de la desmovilización casi absoluta de las Fuerzas Armadas de la nación, todos los días le van mostrando al país y al mundo que el señor Santos no dice la verdad respecto de la quimérica paz que con tanta y emocionada entonación canta en cuanto estrado internacional se hace presente; siempre a ojo cerrado y haciendo oídos sordos, ante el inusitado y creciente ritmo que imponen de nuevo  las balas y explosivos de los atentados contra la infraestructura y el medio ambiente, contra los miembros de las Fuerzas Militares y de policía.  Hechos que otra vez están sacando de quicio al pueblo colombiano que no sólo los ve, sino que también los sufre cada día con mayor intensidad; aunque también haya quienes  viendo esos hechos, se empecinan en defender al señor Santos y sus falacias, fenómeno que en los años recientes ha convertido la vida social de los colombianos,  en una verdadera olla de grandes tensiones, de grandes discusiones, insultos y odios, ruptura de relaciones sociales y familiares , que en cualquier reunión, incluidas las de círculos familiares, desdicen de tajo, todas de las maravillas de la paz que Santos pregona por doquier. Como si fuera poco, quizás porque Santos anda en sus obcecaciones en pro de las FARC, más que en pro del país colombiano, su gobierno, toda la clase política y todas las instancias jurisdiccionales, transitan por los más peligrosos, pútridos y dañinos fangos: ¡LA CORRUPCIÓN RAMPANTE! Hoy nadie en Colombia puede mirar con tranquilidad y seguridad hacia ninguna de las instancias de los poderes públicos, tampoco hacia los grandes poderes privados; el contubernio de corrupción, las alianzas vituperables que políticos, leguleyos empoderados y algunas empresas privadas nacionales y también extranjeras, como ODEBRECHT, vienen conduciendo a la más vil de las ferias de la corrupción, por ende empujando al país al más horrendo de los despeñaderos, igual o peor que el despeñadero en que cayó Venezuela por su incalculable corrupción política y social, y que causó la tragedia que hoy vive la patria de Bolívar, pues fue la disculpa perfecta que en su momento aprovecharon los aviesos grupos de izquierda comandados por Hugo Chávez, cuando ofrecieron  a base de gran verborrea, reencauzar por senderos de legalidad, justicia y equidad al país; pero en cuanto se treparon al veleidoso potro del poder,  se dedicaron a pauperizar, destruir y expropiar todas las riquezas privadas y públicas preexistentes, y a dilapidar, sin miramientos ni la más mínima vergüenza, los bienes de uno de los países con las riquezas más prodigiosas del planeta, hasta llevarlo a la insufrible ruina en que hoy permanecen sumidos mientras esos izquierdistas crecen infamemente en riquezas de toda índole. Volviendo a Colombia, estremecen todos los hechos de descarada, desembozada corrupción que florecen a diario en sus más diversos estamentos públicos y privados, a nivel interno pero también a nivel internacional;  son tantos y tan diversos, que pareciera que brotaran de la misma tierra, o surgieran por generación espontánea sin que ninguna entidad se pueda encargar de ponerles coto, pues desde hace algunos años los entes investigativos, judiciales y jurisdiccionales del país se han convertido en las más tenebrosas corporaciones e instancias de los favorecimientos a las mafias políticas, al punto que hoy Colombia habla del CARTEL DE LA TOGA, como si se tratara de un cartel del narcotráfico o cualquier otra organización delictiva de alto nivel; la materia prima de las acciones del CARTEL DE LA TOGA  consiste en los beneficios, las prebendas y las exoneraciones para los violadores de todas las leyes; los ojos y oídos cerrados ante la inacción criminal de los funcionarios del Estado, la liberación sistemática de los criminales de todas las estofas y el hundimiento inmisericorde de sus víctimas; por ejemplo: las cada día más numerosas víctimas del corrupto y perverso sistema de salud del país, hecho para el enriquecimiento sin límite de unos pocos pero abyectos traficantes de la salud y la vida, a base de una atención paupérrima para la población, sentenciada no a ser usuaria de unos servicios médicos, sino a la desatención, a la indiferencia, el desprecio, y a recorrer los más infames caminos hacia una muerte que podría ser evitada mediante servicios justos y, sobre todo, oportunos. Es evidente que sobre la salud pública, el señor Santos y su cúpula de gobierno poco o nada se han preocupado por solucionar las crecientes y angustiantes necesidades de los ciudadanos; por el contrario, todos los días las deficiencias aumentan y el gobierno y los partidos políticos sólo muestran un olímpico desinterés respecto de las organizaciones prestadoras de servicios que incumplen sus obligaciones, o por las que sí intentan cumplir pero que, por las circunstancias generales, están siendo conducidas a la merma en la calidad de sus servicios, pues tienen que absorber las deficiencias que el sistema total va generando con la aquiescencia de los poderes públicos. Hechos que hablan de una gran inequidad, de una injusticia social continuada, creciente y que al parecer nadie puede ni quiere solucionar en medio de un sistema político absolutamente enfermo, en el que las células más putrescentes son las que debieran estar actuando en defensa de la integridad del organismo social en que están inmersas: ¡la justicia! Mas esa justicia, en todas sus ramas, hoy se da el lujo de tener tras las rejas a uno de los ex presidentes de la Corte Suprema, y a algunos otros de sus altos magistrados, encauzados en graves investigaciones; así como lo está nadie menos que una de las piezas claves de la Fiscalía General de la Nación respecto de la corrupción: ¡El Fiscal anticorrupción! hoy solicitado por la justicia norteamericana, señalado en casos de lavado de activos, y también señalado por la justicia colombiana por gravísimos casos de corrupción al estar manejando denuncias contra funcionarios públicos y congresistas en el caso Odebrecht, y otros casos de similar magnitud, a cambio de jugosas cantidades de dinero;  como si fuera poco, su esposa fue señalada y encauzada en un caso de narcotráfico, pero muy rápido fue absuelta de manera no muy clara ni bien explicada. La lista de terribles casos de corrupción que hoy caracteriza la vida social, política, judicial y económica de Colombia, resulta aterradora y pareciera que no tiene fin, porque sus pecados se extienden desde los poderes del Estado, hacia las regiones, los departamentos y sus municipios, sin que alguien pueda vislumbrar siquiera, cómo el país podrá salir de semejante encrucijada a que lo han llevado las clases dirigentes y políticas… Encrucijada que se hace aún más densa, sinuosa y peligrosa ante la asechanza que vienen llevando a cabo las FARC institucionalizadas y sacramentadas por Santos y sus áulicos, reforzadas por sus brazos armados, y el fluir incesante de los millones de dólares del narcotráfico, en conjunción con los otros grupos guerrilleros, y los diversos grupos políticos de izquierda legales e ilegales y han esperado por años la oportunidad de tomarse por asalto el poder en Colombia, y que gracias a las corruptísimas clases dirigentes de la actualidad, tienen la oportunidad servida en bandeja de lujo… EMPUJANDO UN PAÍS AL DESPEÑADERO.